jueves, 28 de agosto de 2008

HISTORIAS DE LA ABUELA I


Como todos los años el 3 de febrero a la 13:00 en punto de la tarde sonaba el timbre en casa de Beatriz, para entonces ella lo tenía todo preparado, la mesa puesta y la comida esperando en el horno. Todos sus hijos y nietos estaban invitados a comer y por supuesto nadie faltaba a la cita.
Desde que sus hijos se casaron y se fueron de casa, Beatriz empezó a preparar comidas el tres de febrero, ella no era una mujer nada convencional y quizás por eso se le ocurrió hacer una comida ineludible para todos en una fecha cualquiera, daba igual que fuera lunes o domingo todos iban a comer a su casa y a nadie se le ocurría poner escusas de trabajo. Pero este año los nietos de Beatriz estaban especialmente ilusionados con la comida ya que era un sábado, lo que para ellos significaba poder pasar toda la tarde escuchando una de las historias que su abuela contaba apasionadamente, y decimos una porque Beatriz no era dada a contar mas de una por comida “Mi vida no ha sido tan larga como para contar dos historias por día”, solía contestar cuando sus nietos a coro le pedían otra y otra historia más. Porque eso sí, ella presumía de que no sólo todas las historias que contaba eran reales sino que también eran parte de su vida.
Lo que sus nietos no sabían era que su abuela seleccionaba las historias con mucho cuidado, dos días antes empezaba a pensar en ello y a seleccionar una entre las muchas que tenía en la cabeza, para ello tenía en cuenta la edad de los niños, su madurez, sus intereses… ellos ya estaban bastante creciditos por lo que este año Beatriz por fin iba a contar su historia favorita, era un poco increíble y no estaba muy segura de cómo iban a reaccionar sus nietos pero era tan apasionante que no podía dejar de contarla.
Una vez que todos habían terminado de comer, Beatriz se hizo de rogar haciendo creer a sus nietos que este año no tenía ninguna historia preparada, pero ellos ya sabían que eso no era posible, así que tras quince minutos de incertidumbre se puso cómoda y empezó a relatarla, era la historia de Manasol y sus gentes.
“La primera vez que fui a Manasol, yo tenía 15 años, había ido a vivir con mi tía que se había quedado viuda y algo sola, así que mis padres decidieron que fuera una temporada a hacerle compañía, era una mujer afable y a mi no me importaba vivir una temporada con ella, me molestaba mas pensar que no había nada que hacer en un pueblo tan pequeño. Un pueblo aislado por montañas que poco a poco iréis descubriendo, como en su día lo hice yo, que era muy distinto a los que estaban mas cercanos a él. Con el paso de los días descubrí que en Manasol, lo que faltaba a las mujeres era tiempo. Ellas cultivaban el huerto, cosían la ropa, cuidaban a los niños, hacían la comida y por supuesto limpiaban la casa. Mi tía y yo no estábamos tan ocupadas como las demás ya que no teníamos niños que era casi lo que mas tiempo llevaba, especialmente si eran bebes, pero ayudábamos a las vecinas mas atareadas. Pero no os confundáis porque que cuidaran de los niños no significaba que disfrutaran de ellos, había tanto por hacer que no había tiempo para jugar , simplemente los cuidaban” “¿Y por qué no las ayudaban sus maridos después del trabajo?” preguntó una de sus nietas “En Manasol sus habiantes no tenían trabajos como los de ahora, trabajaban para ellos mismos, es decir, comían lo que les daba el huerto y el ganado, así que los hombres pasaban el día en la montaña sacando a pastar el ganado, salían de casa muy temprano por la mañana y llegaban al anochecer, cuando la cena ya estaba lista y todo el trabajo de las mujeres terminado. Solía considerarse que sacar el ganado al monte era un trabajo muy duro para que lo hicieran las mujeres, por eso tampoco se turnaban en las tareas, de hecho, cuando mi tío murió, mi tía, que sólo tenía dos vacas se las arrendó a un vecino a cambio de leche y un poco de carne, que por cierto no era demasiada, ya que nosotras tampoco consumíamos mucha. Podía decirse que la solución era difícil, entre otras cosas porque nadie tenía tiempo para pensar, tampoco ellas se creían infelices, nunca habían conocido otra forma de vivir, aunque soñaban con tener mas tiempo para ir a dar un paseo por el monte y recoger flores o para enseñar a sus hijos los secretos del valle en el que vivían o simplemente para sentarse a tomar un infusión de alguna de las hierbas que la naturaleza les daba. Cuando se sentaban a coser hablaban de ello y a veces pensaban soluciones pero no se les ocurría, ya colaboraban todo lo que podían unas con otras, era casi imposible encontrar una solución viable. Un día el marido de una de las mujeres del pueblo se puso muy malo de la espalda, algo parecido al lumbago, así que al día siguiente sus vacas no salieron al campo, la mujer no pudo llevarlas, tenía que cuidar de su marido. Como las vacas no podían estar mas de un día sin salir la mujer dijo a su marido que pediría al vecino que las sacara pero su él no quiso, los hombres eran muy desconfiados y orgullosos, competían en el monte por ver quién tenía las mejores vacas y aunque la relación entre ellos era cordial no se fiaban mucho los unos de los otros, así que el marido dijo a la mujer que las sacara ella, sería sólo un día, la mujer no sabía que decir, lo primero que se le pasó por la cabeza fue que ella nunca había sacado a las vacas y no estaba muy segura de que supiese manejarlas, pero no dijo nada, lo segundo fue quién cuidaría de los niños y haría el trabajo de casa, pero a su marido tampoco le contó nada de esto, se lo contó a María una vecina un poco mayor que ella y con bastante mas carácter, quizás mas inteligente también, y María la ayudó, ella se encargaría de sus hijos y del huerto mientras la vecina del marido enfermo se iba al monte con las vacas. Al día siguiente Esperanza, que así se llamaba la mujer, descubrió que manejar a las vacas era bastante fácil, como ya se sabían el camino iban prácticamente solas y una vez que llegaban a donde estaban los pastos se limitaban a comer y a tumbarse, mientras Esperanza cogía flores, se tumbaba en la hierba u observaba el cielo tan bonito que prácticamente nunca se había detenido a observar, en resumen podemos decir que ella se encontró mas a gusto con las vacas que haciendo los trabajo de casa, sólo le preocupaban sus hijos, aunque en María podía confiar. Cuando estuvo de vuelta en el pueblo su marido se encontraba bastante mejor por lo que por desgracia al día otro día sería de nuevo él el que sacara a las vacas, en el fondo como debe de ser, imagino, le decía Esperanza a María cuando le contaba su aventura. A raíz de todo este hecho María se puso a pensar, descuidó un poco la casa ya que estaba todo el día en la inopia pero a cambio tuvo una idea, una brillante idea.

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